Por: Otilio Rodríguez

Este sábado 4 de agosto el presidente de la República, Nicolás Maduro Moros y quienes lo acompañaban en la tarima presidencial, fueron simbólicamente sorprendidos por un mensaje terrorista desde el cielo de Caracas. La selección del momento y carga semiótica del fallido ataque trajo consigo una serie de reflexiones dignas de analizar desde el punto de vista lógico del acto oficial con motivo del aniversario de la Guardia Nacional Bolivariana, ya que un Magnicidio representa un evento poco usual, pero definitivamente extraordinario.

De haberse ejecutado con éxito el Magnicidio, Caracas y el resto de las provincias venezolanas estarían inmersos en un Estado Conflictivo de pronóstico reservado, donde todos y todas experimentarían en carne viva el episodio más gris y nefasto de la vida política de la nación que desde hace 20 años cuenta con la mayor centimetría periodística del planeta.

La operación no estuvo dirigida específicamente al Primer Mandatario Nacional. El Drón más allá de estar cargado de C4, estaba cargado de una evidente violencia simbólica por los sujetos e individualidades políticas que a su vez, representan el “Chavismo” más repudiado por muchos venezolanos con tendencias opositoras. La naturaleza del evento transmitido en cadena nacional desde la emblemática avenida Bolívar, constituye un Magnicidio a un Colectivo que para muchos es el principal responsable de la grave situación que atraviesa la República.

¿Qué fácil fue manipular los drones explosivos?

Además fue evidente que el cuerpo castrense y aparataje militar apostado en la avenida Bolívar reflejó una escala de vulnerabilidad preocupante, con ambigüedades y poca capacidad de respuesta ante un siniestro como este. Al observar el video una y otra vez, se puede apreciar que la Primera Combatiente, Cilia Flores, visualizó las detonaciones y posteriormente alertó corporalmente el instante, mucho antes que la reacción militar.

Si el objetivo su hubiese consumado, el caos y el desasociado se hubiera apoderado del país. Las calles estarían militarizadas y la masa crítica vía propaganda, estaría invocando una reacción a una intervención internacional con camuflaje humanitario adobado por la retorica del vacío de poder como pretexto. Pero el atentado falló y nuevamente queda en estela de juicio la posición política de la oposición que “a pesar de tener todas las cartas a su favor, jamás la han sabido jugar”.

Otro de los datos semióticos estriba en la presencia del Alto Mando Militar y los representantes del Poder Público en un mismo palco, lo que se resume en el objetivo supremo de: “Matar al Estado y las individualidades que representan al Oficialismo ante la mirada de millones de televidentes y radioescuchas, razón por la cual podría considerarse como un hecho espectacularmente mediático y discursivamente publicitado como cualquier escena hollywoodense.

Contrario a la cobardía, el presidente Maduro se mostró valiente simbólicamente incólume e inalterable, predispuesto a finalizar su mensaje ante la formación militar. Más allá de sus aciertos y desaciertos como Presidente, el enemigo no era Maduro, sino el Estado representado sobre la tarima.

La prueba material y el uso de drones artillados es un recurso bélico patentado por el Estado Islámico, pero la autoría intelectual presume coordenadas propias del paramilitarismo regional de origen mexicano o colombiano. Solo resta esperar las experticias descriptivas del atentado que horas después de su primer intento vislumbra una participación protagónica del Estado Fallido Colombiano integrado por cientos de miles de exmilitares venezolanos residenciados hoy en la hermana república de Colombia. Así lo denunció en mismo presidente Maduro.

“El fenómeno paramilitar como estrategia política para alterar la institucionalidad de la nación venezolana, no es la mejor forma de asaltar el poder constitucional”, argumentaba el Ministro del Interior, Justicia y Paz, Néstor Reverol. En cambio, el Padre de la Patria decía en 1814, durante la I Expedición de los Cayos que “el mejor camino para alcanzar la verdadera paz y estabilidad de una república pasa antes por las manos de sus propios conciudadanos”.

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