No todo es malo para los venezolanos que deciden emigrar y escogen Perú como nuevo país para empezar una nueva vida. Un empresario decidió dar un espaldarazo a los que llegan para que busquen oportunidades laborales y puedan encaminarse en un país que es extraño para los migrantes.

Un empresario peruano decidió “echar una mano” a los venezolanos que están llegando a Lima para comenzar una nueva vida, luego de que tomaran el camino de emigrar de nuestro país debido a la crisis por la que actualmente atraviesa la nación.

Renee Cobeña, quien es el presidente del Frente Nacional de Defensa de la Mediana y Pequeña Empresa (mype), paga de su bolsillo el alquiler de un local para poder albergar a los venezolanos que llegan “con una mano adelante y otra atrás” sin pedir nada a cambio, aunque sí deben buscar un trabajo que les permita mudarse y dejar sitio a los que van llegando.

Afirma a la agencia EFE que su WhatsApp “revienta todos los días” de las personas que buscan quedarse en esas instalaciones donde no solo se ofrece desayuno, almuerzo y cena gracias a las donaciones hechas por otros peruanos, sino que también se da la oportunidad a sus huéspedes de generar sus primeros ingresos en Perú con la venta ambulante de comida.

“Acá el que llega y no trabaja en una semana es porque no quiere. De repente quieren un trabajo de gerente o jefe como algunos lo eran allá, pero aquí han venido a empezar de cero”, comentó

Según las cifras del departamento migratorio de Perú consultadas por la agencia de noticias EFE, para marzo de 2018 había en ese país más de 200.000 venezolanos buscando establecerse.

Sin ningún tipo de ayuda de parte del gobierno, Cobeña compró cinco carritos para la venta de hamburguesas, arepas, bombas y tizana, otro gasto que le ha obligado a vender casi todas las máquinas que tiene en su taller del emporio comercial de Gamarra, también en Lima.

Dice que muchos de sus amigos de la localidad lo toman por “loco” y explica que su principal motivación es porque sabe qué es lo que es ser inmigrante en otro país. Lo fue durante diez años en Japón y Corea del Sur y conoce lo que es dormir en una estación de autobuses y ser discriminado por ser extranjero.

En el albergue hay hombres, mujeres y niños llegados desde cualquier punto de Venezuela, tras atravesar Colombia y Ecuador en un viaje de alrededor de una semana en autobús, para cuyo pasaje, con un coste de alrededor de 300 dólares, se vieron obligados a vender casi todas sus propiedades.

Carla Gámez, de Tinaquillo, en el estado de Cojedes, llegó hace cinco días al albergue y contó a Efe que tuvo que vender su vivienda, incluidos los muebles, para costear los pasajes de su marido y tres hijos, uno de ellos autista.

Aunque era reticente a abandonar Venezuela, tomó la decisión al percatarse que se le agotaban las provisiones del medicamento que necesita para tratar la miastenia grave que padece.

“Sin esta medicina no hablo ni camino”, dijo Gámez, cuyo marido, que en Venezuela se desempeñaba de chófer, había salido a buscar un empleo cerca del albergue, situado en el distrito limeño de San Juan de Lurigancho, el más poblado de la capital peruana.

Sin embargo, no todos pueden emigrar con sus hijos y se ven obligados a dejarlos en Venezuela a cargo de familiares mientras intentan ahorrar el dinero para traerlos, como les sucede a Jesús Sánchez y Jennifer Rivero, una pareja de médicos de Valencia que vendieron sus equipos para llegar a Perú en febrero.

Los dos médicos, que intentan brindar servicios de salud en el albergue, pidieron ayuda para reunir el dinero que les permita traer a su hijo. “Es muy doloroso saber que aquí puedes comer algo que tu hijo no puede comer allá”, apuntó Rivero.

Es así como la presencia venezolana se hace cada vez más notoria en Perú, donde los inmigrantes de este país tienen facilidades para obtener la residencia y hacer la vida que las circunstancias le impidieron en Venezuela.

Con información de EFE

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